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Se Sufre pero Se goza

Tipo de proyecto

Fotografía y performance

Fecha

Noviembre 2023

Ubicación

Pasadena, California

La artista está de rodillas, de espaldas a la cámara. Toma un látigo. Se golpea. La espalda enrojece.

No es penitencia. Es un ajuste de cuentas.

En esta pieza, la artista expone sus propios métodos de autocastigo: aquellos que se sedimentaron durante años de vivir una vida bajo sus propios términos, en constante fricción con los sistemas que le indicaban cómo debía comportarse, qué debía desear y quién debía ser. El castigo no llegaba desde afuera. Llegaba desde adentro, con la precisión de algo profundamente aprendido.

Jacques Lacan describe la pulsión de muerte —el Todestrieb— no como un deseo de destrucción sino como una resistencia activa al cambio: la tendencia del sujeto a aferrarse a sus formas de sufrimiento porque estas, paradójicamente, proveen goce. No el placer del bienestar, sino algo más oscuro y más difícil de soltar: la satisfacción particular de lo que duele pero resulta familiar. La artista conocía ese jalón. Se rehusaba a soltar su sufrimiento precisamente porque este le brindaba algo que la estabilidad no podía ofrecerle. Se sufre, pero se goza.

Michel Foucault (1975) señala que las instituciones disciplinarias no solo regulan el cuerpo desde afuera, sino que logran su objetivo más profundo cuando el sujeto internaliza sus mecanismos y se convierte en su propio vigilante y su propio verdugo. El catolicismo es, en este sentido, uno de los sistemas disciplinarios más eficaces: no necesita presenciar el pecado para castigarlo, porque el castigo ya ocurre dentro. A los ojos de sus lineamientos, no importa cuándo el público vea esta pieza — siempre existiría una razón para castigarse. Algún pensamiento, algún anhelo, algún comportamiento clasificado como pecado habrá tenido lugar en algún momento. El cuerpo siempre debe algo.

Y sin embargo, la artista toma el látigo ella misma.

Ese gesto lo cambia todo. Al volver el castigo público, la artista le arrebata al sistema su herramienta más poderosa: la culpa privada, el pecado que se carga en silencio, invisible y sin testigos. Exponer el autocastigo ante una cámara es negarse a seguir llevándolo a solas. Es sacar afuera lo que el sistema necesita que permanezca adentro para funcionar. En ese acto, el castigo deja de ser disciplinamiento y se convierte en performance: ya no le pertenece al sistema que lo produjo, le pertenece a ella. La agencia no llega a pesar del látigo. Llega a través de él.

ANGELES PORTILLA 2026
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